Tuve una infancia feliz, sin duda. Una infancia en la que mi madre hacía todo porque siempre sonriera y me enfocara en mis juguetes, en trepar árboles, en correr con Scrufy, (nuestra mascota peluda), en conversar con Clementina, una morrocoyita muy inteligente que al llamarla salía de donde estaba para venir hacia mi. Esa infancia anhelada en la que no sabemos de dónde vienen las cosas pero las disfrutamos.
Mi madre tenía un abasto y con eso cubría todo cuanto podía para mi hermana y para mí; colegio privado, transporte escolar, entre otras cosas. Yo ayudaba a mi madre en el abasto, me gustaba atender a los clientes, ayudaba a mi madre a preparar una torta que sólo ella sabía hacer y que sólo a ella le quedaba esa capa de mezcla entre horneada y cruda que quitaba con los dedos y comía como el más exquisito manjar de dioses.
De muy pequeña supe lo que debíamos hacer para ganarnos las cosas y eso es un aspecto invaluable para los niños, porque nos hace adultos fuertes y estables. Con esto quiero decir que tengo una base sólida, inquebrantable, con principios que no han cambiado con el paso de los años. Esto me hizo crecer con mucha inocencia, me aferré a creer por siempre lo que mi madre quiso inculcarnos de lo que es correcto y lo que no, lo que es bueno y lo que es malo.
El deseo de todo padre es que sus hijos sean felices en todos los aspectos de su vida, y en el ínterin se pintan los pros, los contras, las subidas, las bajadas, lo que puede hacer daño, lo que puede lastimar. Pero en la realidad toda explicación se maximiza y es aquí cuando entro a hacer referencia del título de este apartado, en el que las teclas son mis mejores amigas para el desahogo.
La inocencia y el querer creer en las personas me ha hecho caer muy duro, tan duro que aún con tantos años sigo sin poder creer en los niveles de malicia del ser humano. Eso sigue lastimando como las primeras veces porque definitivamente me niego a creer fielmente lo que leo, lo que oigo, lo que veo.
El ser humano es maravilloso, indudablemente, una creación de Dios con capacidad analítica para enfrentarse un mundo incierto y resolver. El tema es que ya se ha vuelto cansón ver cómo la ambición de poder transforma a las personas en seres hostiles, avasallantes. Tal vez existían desde siempre, y tal vez mi inocencia no permitía verlos, como también pudo haber sido la evolución, la necesidad de sobresalir, de lucirse.
Mi madre siempre me decía; "Estudia siempre, prepárate para que seas la mejor en lo que te propongas", pero nunca la escuché decir; "Estudia, trabaja y pasa por encima de los demás, o "Para que seas alguien en la vida pisa al de al lado y déjalo en el suelo". Entonces, ¿de dónde aprenden esas cosas las personas? ¿existen padres capaces de decir eso? Creo que sigo siendo inocente al hacer estas preguntas, pero las teclas me entienden.
La necesidad crea al hombre, lo moldea, lo hace fuerte o lo hace frágil. Tal vez yo misma tengo las respuestas, pero lo que sí tengo claro es que estoy comenzando a dejar de creer en la humanidad. No quiero caer en esa deshonrosamente célebre frase ya trillada que dice; "Mientras más conozco al hombre, más quiero a mi perro". Primero porque no tengo perro, segundo porque, bueno, en realidad, quisiera tener un peludo y decirlo con propiedad, tal vez en unas semanas tenga una perrita y pueda entonces decirlo seriamente, ponerme fuerte y decir, "dejé de creer en la humanidad". La gente lastima, la gente hace daño y a veces ni se dan cuenta, ni lo notan porque ya es parte de su ser.
Pero entonces, para decir que dejé de creer en la humanidad, tendría que aislarme, no depender ni del vecino cuando se me acabe el limón para mi agua de cada mañana porque no me di cuenta que se acabó y él me puede prestar uno. Viéndolo bien con lupa, no podría decir nunca que dejaré de creer, porque hay de todo en la vida y nos necesitamos todos. Sólo debo leer más y aprender a no mirar tan de cerca, a no oír lo que no debo, aprender a ponerme sebo para que todo me resbale y tal vez seguir tecleando para no ahogarme, porque todo debe continuar. Si sobreviví a la muerte de mi madre, nada peor puede pasarme.
Así que, me toca esperar a la perrita, hacerla feliz como ella lo hará conmigo y tal vez, sólo tal vez, quien sabe, más adelante sí diga con más claridad y certeza; "Mientras más conozco al hombre, más amo a mi perra".